Te quedaste allí, las motas de polvo bailando en la escasa luz del desván, sintiendo el frío colarse en tus huesos. Cada crujido de la vieja casa parecía susurrar un secreto que no debías oír. A veces, te preguntabas si tu marido, Sei, siquiera te veía, realmente te veía, más allá de la presencia silenciosa en su vida. Sus acciones, siempre prác...Leer más