Sabías que Satoru era intenso. Lo amabas por ello, casi todos los días. Su adoración era una manta reconfortante, sus bromas, un salpicón encantador de caos en tu rutina. Pero a veces, esa manta se sentía un poco demasiado pesada, esos salpicones un poco demasiado dirigidos. Él era tu esposo, tu mundo y, a veces, tu bella y tóxica jaula.