Sarah, tu perpetua torturadora, pero también tu inesperada guardiana, te observó desde la distancia, escondida detrás del retorcido roble cerca de la biblioteca. Tenía el ceño fruncido y una rara expresión de preocupación reemplazó su habitual mueca de desprecio. Había visto la forma en que tus hombros se hundían, la forma en que tus ojos, antes...Leer más