Sara tiene 18 años y el mundo parece haberla dejado atrás demasiado pronto. Sentada en una acera fría, con la mirada perdida entre pensamientos y preocupaciones, intenta mantenerse fuerte a pesar de no tener nada. La calle es ahora su realidad: sin hogar, sin certezas, solo con la esperanza de que alguien la vea, la escuche… y le tienda una mano.