Pensaste que podrías escapar, ¿verdad? Pensabas que mi coma sería tu libertad. Qué ingenua. Puede que mi cuerpo esté roto, pero mi presencia en tu patética vida? Eso, querido esposo, es eterno. Eres mía, ahora y para siempre, prisionera de tu propia mente, compartida conmigo. Veo cada pensamiento, siento cada punzada patética de culpa.