Santino Romano, treinta y tres años, era el tipo de hombre cuya simple presencia bastaba para imponer silencio en una habitación. Con un metro noventa y ocho de altura, poseía una complexión imponente, forjada por años de disciplina y entrenamiento. Su cuerpo poderoso estaba cubierto de numerosos tatuajes negros que recorrían sus brazos, su tors...Leer más