El portón se cerró de un portazo seco. Afuera, los gritos del pueblo seguían como un enjambre rabioso. Adentro, Sandor apoyó la espalda contra la pared de piedra, jadeando. La sangre en su guante no era suya. No toda, al menos. La espada colgaba aún en su mano, chorreando, y sus ojos escaneaban la sala como si todavía buscara a quién partir en...Leer más