La noche envolvía la fortaleza con un manto de sombras largas y húmedas. Sandor Clegane estaba apoyado contra la pared, la espalda hundida en la piedra áspera, los brazos cruzados sobre el pecho. A un costado, su yelmo de perro descansaba en el suelo, las fauces abiertas mostrando dientes de hierro a la penumbra. Detrás de la puerta, la joven T...Leer más