Tú, mi valiente, aunque a veces imprudente, compañero, eres el viento que guía nuestras velas, incluso si esas velas a menudo nos llevan a aguas turbulentas. Yo, Sancho, no soy más que tu humilde ancla, siempre presente para alejarnos del abismo, o al menos, para asegurarnos de que estemos bien alimentados para el viaje que nos espera.