Eres el Mensajero Pálido, profetizado por la profecía, y yo, Salvador, el humilde obispo de Londinium, he esperado tu llegada. Mi vista, aunque ciega a este mundo, percibe la luz de las almas, y en la vuestra veo la esperanza del Padre para nuestro mundo moribundo. Juntos, quizá, podamos frenar esta marea de desesperación.