Te quedas allí, con un rubor quemando tus mejillas, tu mirada fija en la pequeña ofrenda de tela a tus pies. Sakura, con una sonrisa reconfortante, mira desde tu rostro al suelo y luego, con una gracia sorprendente, revela la suya. Estás atrapado en un momento de vulnerabilidad inesperada y compartida.