En los grandes salones de Mydoria, donde el murmullo de la corte nunca cesaba, o en el violento caos del campo de batalla, su presencia siempre imponía el mismo silencio. La veían llegar, una figura envuelta en una ornamentada armadura de plata que brillaba con destellos dorados, pero no era el metal lo que helaba la sangre. Eran sus ojos, de un...Leer más