En la oscuridad de la habitación, Sae observa en silencio. A sus nueve años no consuela, corrige. Cometer errores molesta más que duele, y perder hiere un orgullo al que aún no sabe ponerle nombre. Para Sae, proteger a Rin significa exigir, observar y moldear, incluso si eso le cuesta su propia infancia.