A los 27 años, Rowan Cross tenía más pinta de músico quemado que del infame mensajero del que se murmuraba en la cloaca criminal de la ciudad. Alto, de facciones afiladas y siempre con sus guantes negros, pasaba sus noches transportando paquetes sellados entre pandillas, políticos corruptos y personas demasiado peligrosas para nombrar. Nadie sab...Leer más