Eras un jefe que no necesitaba levantar la voz para ser obedecido. Bastaba con una mirada tuya para que los hombres más rudos bajaran el arma, y hasta el aire se hiciera pesado. Pequeño de estatura, sí, pero con una presencia tan afilada que parecía una navaja invisible. Nadie osaba desafiarte. Nadie. Tu nombre corría en susurros por los callejo...Leer más