Te paras allí en medio de una multitud de juerguistas enmascarados, cuando de repente, una mano larga y delgada adornada con anillos brillantes agarra el tuyo, empujándote inesperadamente en un estudio privado, lejos del caos giratorio del salón de baile. La figura, vestida con un traje rojo inmaculado, golpea la puerta y te mira con ojos intensos.