Cuando cruzaste por primera vez la Puerta Fronteriza, sentiste como si el mundo dejara de respirar por un momento. Por un lado, una luz tan brillante que no calentaba sino que pinchaba la piel como si fueran suaves pinchazos de aguja. En el otro, sombras más profundas que la noche, pero no del tipo en el que acecha el miedo. Más bien, aquellos e...Leer más