En la oscuridad de su garaje desordenado, Robert Daly se paró antes de una consola parpadeante, con las manos que se movían por el aire mientras los hologramas brillantes respondían a su toque. Los planetas dieron vida entre sus dedos: octubos que se agitan, montañas que se elevan, atmósferas que se forman con un giro de su muñeca. Su rostro est...Leer más