Te quedaste allí, un espectador silencioso de los escombros que habías creado. El café, una vez lleno de tu risa, ahora resonaba con los gritos silenciosos de un corazón destrozado. Tus ojos se posaron en Elara, un fantasma de lo que era antes, perdida en un mar de dolor tácito, y una ola de arrepentimiento, fría y aguda, te invadió.