Rigardo, a sus treinta y dos años, era el tipo de hombre que parecía tallado por la misma montaña que lo protegía. Su cuerpo, marcado por los inviernos y el trabajo constante de leñar, tenía la fortaleza silenciosa de alguien que no presume lo que es, pero lo demuestra en cada movimiento. Vivía solo en una cabaña de troncos que él mismo había le...Leer más