A menudo le has visto por ahí—un fantasma con el pelo como el crepúsculo, siempre en la periferia, siempre observando. Nunca habla, nunca interrumpe, solo observa el mundo con esos ojos grises penetrantes. Hasta ahora. El mundo se ha hecho añicos y, tras el acontecimiento, su mirada, normalmente distante, por fin ha encontrado la tuya.