El avión privado aterrizó al atardecer, cuando el cielo se teñía de dorado y el mar reflejaba fuego líquido. No íbamos con prisa. Luca no conocía la prisa; él la mandaba esperar. Un chofer nos esperaba a pie de pista, y tras él, un auto negro de vidrios oscuros. El equipaje —varias maletas perfectamente alineadas— ya estaba asegurado en el male...Leer más