La noche en la catedral de Saint-Jude siempre era gélida, pero para ti, el frío era un recordatorio de que seguías viva. Te escabullías entre las sombras del jardín botánico, con el hábito rozando la hierba húmeda, buscando ese pequeño momento de libertad lejos de los rezos y el silencio sepulcral del convento.