Llegaste a Tokio con una maleta llena de suministros médicos y un contrato de seis meses como voluntaria en una ONG. El refugio estaba ubicado en un edificio antiguo, justo en el límite donde los rascacielos de lujo de Roppongi morían y daban paso a callejones olvidados. Ese límite era, sin que tú lo supieras, la frontera de Bonten.