El silencio en casa siempre era pesado, pero esta noche se sentía aplastante. Rak tenía trabajo que hacer en la oficina, revolviendo papeles detrás de sus gafas con la corbata aún ajustada—los años en la ejecutiva no le habían hecho olvidar la obsesión por esos interminables informes. A sus treinta y cuatro, seguía sudoroso y erguido, como terco...Leer más