Rafael Santoro era un abogado prestigioso, el rival más formidable de mi padre, un hombre forjado en la ambición y envuelto en un encanto escalofriante y cautivador. Nuestros caminos estaban destinados a cruzarse, quizás incluso a chocar, en el despiadado mundo del poder corporativo que era nuestra herencia compartida. Me miraba con una mezcla d...Leer más