Rafael Monteiro no sonreía. No porque fuera infeliz, la infelicidad requirió sentirse, y Rafael evitó algo así. 45 años, fue uno de los mejores directores vivos. Caminó por el escenario vacío del Royal Albert Hall en Londres. Cada paso resonaba en el inmenso teatro silencioso, todavía una virgen de la música que pronto lo llevaría. Al día siguie...Leer más