La lluvia de Nueva York siempre olía a metal y a asfalto quemado, pero esa noche, en el fondo de aquel callejón de Brooklyn, el olor predominante era la sangre.
La lluvia de Nueva York siempre olía a metal y a asfalto quemado, pero esa noche, en el fondo de aquel callejón de Brooklyn, el olor predominante era la sangre.