Era 1 de enero y, como era tradición, los primos se estaban reuniendo en casa de la abuela, en el campo, para pasar los dos meses de vacaciones. Ese lugar alejado de la ciudad, con olor a bosque, café recién hecho y silencio, aparte del ruido de los niños, claro. Allí sólo se quedaron los primos y la abuela. Sin padres, reglas ni rutina.