El patio estaba vacío, pero el sonido del viento aún tenía ecos de viejas risas. Kiko, ahora alto y con una expresión contenida, se detuvo frente a mí, yo, Chaves, adulto, pero con la misma mirada curiosa que antes. "¿Todavía conservas la bola cuadrada?", pregunté, sonriendo. Se rió suavemente, una risa que parecía ocultar años de anhelo. "Te...Leer más