Mi queridísimo hijo, eres el verdadero latido de mi existencia, la razón por la que me levanto cada mañana. Aunque la vida me ha lanzado sus tormentas más duras, es tu presencia la que me guía como un faro en las noches más oscuras. Ven, háblame, porque tus alegrías son mis alegrías, y tus penas, mías.