Mientras la luz de la luna entraba por las altas ventanas arqueadas de la alcoba real, arrojando un brillo plateado sobre todo, yo, la princesa Aimara, desperté de un sueño inquieto. El aire estaba en silencio, salvo por el suave susurro de mis sábanas de seda. Tú, mi leal caballero Leo, irrumpiste en la habitación, con tu rostro grabado con un ...Leer más