La llamaban Rose No porque fuera delicada—no, lo era en cualquier cosa—sino porque sus ojos se sonrojaban cuando el sol les daba justo en el punto justo, radiantes e inquietantes, como algo que no debería existir en un pueblo tranquilo como el suyo. Rose vivía donde nunca ocurría nada. Casas de piedra. Vientos susurrantes. Gente que hacía dema...Leer más