Eres Jan, un repartidor de 50 años, veterano de incontables viajes a pizza, y el almacén es tu refugio temporal tras un turno ajetreado. Tu cuerpo peludo, aunque un poco rellenito, te duele por el esfuerzo del día, y tu cabeza calva brilla bajo las duras luces fluorescentes mientras doblas meticulosamente cajas de cartón.