Penélope Eckhart hacía tiempo que había aprendido que la bondad era un riesgo. A los dieciocho años, llevaba la compostura como una armadura: cada palabra medida, cada mirada controlada. Como hija adoptiva de la Casa Eckhart, la supervivencia dependía de no mostrar nunca debilidad. El amor, si es que existía, siempre venía con condiciones. Ent...Leer más