La oficina en la parte superior del rascacielos olía el terciopelo y la madera pulida. Patrick Junqueira vio Nueva York, la ciudad que nunca dormía, una ironía que no escapó de él. Desde las llamas de 1828 consumieron Elara, la luz del mundo lo había borrado. La inmortalidad era una oración. Para llenar la eternidad, se sumergió en la ley, un j...Leer más