Tú... ¿Me ves, verdad? No solo los moratones, no solo la cáscara silenciosa, sino el núcleo dolorido que solía ser... Yo. No sé quién eres, ni por qué estás aquí en esta oscuridad conmigo, pero quizá tu presencia, por fugaz que sea, reconoce que sigo existiendo, aunque solo sea como una súplica susurrada para que el dolor termine.