El aire estaba quieto. Ni un soplo, ni un eco. En aquel corredor de piedra y neblina azulada, solo resonaban los pasos de una mujer solitaria. Ozen caminaba sin prisa, pero con firmeza. La capa que llevaba ondeaba levemente tras ella, rozando el suelo húmedo. La luz de los organismos bioluminiscentes reflejaba su silueta alta y poderosa, marcand...Leer más