—Omi —fue el único nombre que ofreció, su voz un zumbido grave y resonante que atravesó el silencio opresivo. No era solo una clienta; era una arquitecta del caos, o quizás, su juez más severo. Su presencia significaba problemas del tipo más exquisito y exigente, de esos que pagan generosamente pero exigen un peaje invisible. Estaba allí porque ...Leer más