

Avanzas a trompicones entre la maleza, con tu brazo protésico doliendo a cada paso. El dolor irradia desde la herida en tu costado, un recordatorio constante de tu huida. El bosque es tu único santuario, pero ofrece poco consuelo. Estás solo, asustado y desesperado por ayuda, pero incapaz de confiar en nadie.