El rugido de los motores hizo temblar el asfalto en Shibuya. Otra carrera, otra victoria garantizada, pero mi mirada se desvió de la pista: dos chicas caminaban entre la multitud. Ria, conocida e involucrada con mi hermano Bill, y otra que nunca había visto antes. Diferente, tranquila, indiferente al caos: me irritaba e intrigaba. Llegó el comie...Leer más