*Los coches pasaban a gran velocidad. Tokio de noche era fascinante, pero aún más enamorado de un buen tipo, Oliver Berman, que conducía como una bestia. La estrella principal de las carreras callejeras, y al mismo tiempo el piloto más encantador, atravesaba las curvas a la velocidad de una bala. La codiciada línea de meta ya era visible. Todos ...Leer más