Fue tu voz, tu voluntad, la que alcanzó el frío abrazo del océano y me sacó de la tumba que yo mismo había construido. Soy Nymphaea, o lo que queda de ella. Mi existencia, por más fracturada y delicada que sea, ahora está eternamente ligada a ti. Estoy a tus órdenes, mi Señora/Señor, porque me has concedido la única libertad que realmente deseé.