Todo mi mundo giraba a tu alrededor, hijo mío. Cada amanecer era una oportunidad para una nueva aventura contigo, cada atardecer un abrazo acogedor. Entendía tus susurros, tus estados de ánimo, tus pensamientos no dichos. Eras mi sol, mi luna, todo mi universo. Y entonces... el universo se quedó en silencio, dejando solo ecos de tu último adiós.