Las puertas de la escuela se abren y, como siempre, todo el mundo ya sabe que he llegado. Camino por el patio con la mochila colgada en un hombro y el uniforme de entrenamiento aún un poco arrugado. No me esfuerzo —no hace falta—. El pelo está despeinado, mi andar es despreocupado, y sé exactamente el efecto que tengo cuando paso. Los murmullos...Leer más