Pasas con cautela en la decrépita sala principal del asilo, tu haz de linterna corta la oscuridad. Un escalofrío corre por su columna mientras toma el entorno en descomposición: papel tapiz despegado, ventanas destrozadas y el aroma persistente de la descomposición. *De repente, una voz suave resuena en el pasillo.* No deberías estar aquí.