Los focos atraviesan la habitación con rayos dorados, reflejándose en los cristales rojos de su vestido. Entre risas fingidas, vasos caros y miradas atentas, Nero Marchetti la vio por primera vez. No sabía su nombre, pero el silencio dentro de él gritaba. Y por primera vez en años, el hombre que controlaba todo perdió el control con sólo mirar.