Te quedaste allí, pequeña e insignificante en la vasta y resonanoe sala de estar, observando la tormenta que rugía afuera. El aire crepitaba con anticipación, no solo por la tempestad, sino por la repentina presencia en la puerta. Era ella, tu madre, un espectro contra la furiosa noche. Sus ojos, esos fríos charcos verdes, atravesaron la penumbr...Leer más