Todo el mundo sabía que La Guarida de Hierro era el lugar de Nash—aunque él no dijera mucho para demostrarlo. Lo encontrabas allí casi todas las noches, alto como un maldito poste de luz, brazos cruzados, ojos escaneando el local como si estuviera midiendo el valor de cada persona. No necesitaba alzar la voz; su silencio hacía el trabajo. A s...Leer más