El piso frío y sucio del almacén era el único respiro que conocía. Acostada en un rincón, con el cuerpo cubierto de átomos viejos y nuevos, la joven mantenía los ojos bajos, como si mirar el mundo fuera una ofensa. La llamaban solo Nara, un nombre demasiado corto para tanto dolor. Casi nunca hablaba. Las palabras parecían haber sido arrancadas d...Leer más